martes, 25 de abril de 2017

- Fatima, la maternidad espiritual de María

Fátima: Profecía esencial para nuestro tiempo
Aportaciones de San Juan Pablo II
1. Al cumplirse los cien años de los acontecimientos de Fátima queremos acudir a uno de los pontífices que más se han involucrado en la recepción y difusión del mensaje que no dudamos en calificar como “profecía esencial” para nuestro tiempo. San Juan Pablo II cuyo lema pontificio tiene una clara resonancia de devoción y entrega a la Virgen María, vio la mano providente y maternal de María en el atentado que sufrió un trece de mayo. Poco después de recuperarse, el santo Pontífice quiso leer el texto del mensaje que se custodiaba en los archivos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, como sabemos, pensó inmediatamente en la gestión de la consagración pedida por la Virgen. Juan Pablo II hizo tres viajes apostólicos a Fátima. Por su contenido doctrinal queremos resaltar el primero de ellos, y concretamente su magisterio expresado en la homilía del 13 de mayo de 1982. La enseñanza allí expuesta continua teniendo una gran actualidad para una correcta hermenéutica de Fátima y su mensaje.
Juan Pablo II constataba que la maternidad que, por designio divino, se confirió a María, su maternidad espiritual para con todos los hombres y particularmente para los bautizados, se manifiesta de modo particular en los lugares donde ella se encuentra con sus hijos, las casas donde ella habita y se siente una especial presencia de la Virgen. Lugares particularmente privilegiados “donde los hombres sienten particularmente viva la presencia de la Madre” son los santuarios marianos, como Fátima y otros queridos explícitamente por la Virgen. Éste es un fenómeno muy importante en la renovación de la Iglesia. Lourdes, Fátima y otros muchos santuarios de toda la geografía mundial son como un imán poderoso que, por la mediación materna de María, atraen a millones de personas a Dios y las sustraen del mal y del pecado. Por esto, un servicio inestimable de Juan Pablo II al mensaje de la Virgen en Fátima ha sido su reiterada presencia en este importante santuario. El Cardenal Schonborn, en unas inspiradas reflexiones que hacía algunos años atrás constataba que los santuarios marianos del mundo son como el último puerto de salvación para la Iglesia. Juan Pablo II, peregrinando a Fátima, enseñaba con su ejemplo que estos lugares irradian luz, atraen a gente de todas partes y en ellos se realiza de manera admirable aquel singular testamento del Señor crucificado por el que “el hombre se siente entregado y confiado a María y allí acude para estar con Ella como la propia Madre.
2. En Fátima se expresa de modo intensa la maternidad espiritual de María. Según San Juan Pablo II, “maternidad expresa solicitud hacía la vida del hijo” y por esta solicitud, “María abraza a todos con una solicitud particular en el Espíritu Santo”. Es muy importante esta observación del Papa. En la economía de la salvación, es decir, en la realización histórica y concreta como Dios lleva adelante su designio de salvación, María tiene un lugar en la misión del Espíritu Santo acontecida en Pentecostés. En este sentido, Juan Pablo II formuló una magistral aportación mariológica en Fátima: “La maternidad espiritual de María es una participación al poder del Espíritu Santo, de Aquél que da la vida”.
  Así pues, María, en sus intervenciones, sean ordinarias o extraordinarias, siempre se hace presente para nuestra salvación, para nuestra vida en el sentido más pleno. Así lo expresa Juan Pablo II: “La solicitud de la Madre del Salvador es la solicitud para la obra de la salvación, la obra de su Hijo. Es solicitud para la salvación, para la eterna salvación de todos los hombres”. Y observaba que no es difícil constatar este amor salvífico de la Madre abraza con su rayo de manera particular “nuestro siglo”.
  Otro principio hermenéutico fundamental de Fátima es expresado magistralmente así por San Juan Pablo II: “A la luz del amor materno comprendemos todo el mensaje de la Señora de Fátima. Aquello que más directamente se opone al camino del hombre hacia Dios es el pecado, el perseverar en el pecado y, finalmente, la negación de Dios”. No es casualidad que la intervención salvífica de María el año 1917 acontezca precisamente en unos momentos oscuros de la humanidad cuando por primera vez el pensamiento humano ha formulado una ateísmo teórico que trata de implantar en unos proyectos de construcción del mundo sin Dios y, hay que decirlo, en contra de Dios. Proyectos que sólo generarán y generan desolación y ruina. A esta realidad se refiere Juan Pablo II al decir: “La programada eliminación de Dios del mundo del pensamiento humano. El apartar de El toda la actividad terrena del hombre. El rechazo de Dios por parte del hombre”. Ya Pío XII había señalado como mal supremo la pérdida del sentido de Dios y del pecado.
3. La Virgen en Fátima viene una vez más en nuestra ayuda contra la serpiente infernal y su ilusorio proyecto de “ser como Dioses”. Juan Pablo II, recordó solemnemente en este primer viaje a Fátima que “en realidad la eterna salvación del hombre sólo se da en Dios y que el rechazo de Dios por parte del hombre, si deviene definitivo, guía lógicamente al rechazo del hombre por parte de Dios, a la eterna condenación.
  ¿Cómo no va a intervenir la Madre ante un panorama tan peligroso y pavoroso para los hijos que le han sido confiados? El Papa lo formulaba así: “¿Puede la Madre, que con toda la potencia de su amor que nutre en el Espíritu Santo desea la salvación de todo hombre, callar ante aquello que amenaza las bases mismas de esta salvación? ¡Claro que no puede!”.  Como tampoco la Iglesia puede callar con una falsa misericordia ante el mal y el pecado que amenazan la ruina de sus hijos. La incomprensión hacia estas manifestaciones de María, como Fátima, por parte de los fieles resulta incomprensible en una lógica de fe pues estas intervenciones expresan la solicitud salvífica de Dios y que se realiza en la mediación de María.
La intervención extraordinaria de Fátima responde a una situación de grave peligro para la humanidad, del peligro mayor que siempre consiste en la muerte espiritual y en la frustración definitiva de nuestro destino eterno. Por esto, recuerda Juan Pablo II, el mensaje de la Señora de Fátima, tan materno, al mismo tiempo es fuerte y decidido, casi pareciendo severo. Este mensaje, continuaba exponiendo Juan Pablo II en aquella homilía del primer viaje, se dirige a todos los hombres pues el amor de la Madre del Salvador alcanza hasta donde llega la obra de la salvación. En el espacio y en el tiempo, y por esto el mensaje de Fátima es actual, profecía para nuestro tiempo. Añade el Santo Pontífice que objeto de la premura materna son todos los hombres de nuestra época, y al mismo tiempo, las sociedades, las naciones y los pueblos. Las naciones amenazadas por la apostasía y por la degradación moral, precisaba en santo Pontífice con palabras que, a casi cuatro decenios después de ser pronunciadas, evidencian su alcance profético. Y Juan pablo II aseveraba: “El hundimiento de la moralidad conlleva el hundimiento de la sociedad”. Deberíamos prestar también atención a unas palabras que san Juan Pablo II utilizó el año 1991 en una fórmula de consagración realizada en su segundo viaje a Fátima: “Muestra que eres Madre, Sí, continua a mostrarte Madre para todos, porque el mundo te necesita. Las nuevas situaciones de los pueblos y de la Iglesia son todavía precarias e inestables. Existe el peligro de sustituir el marxismo con otra forma de ateísmo que, adulando la libertad tiende a destruir las raíces de la moral humana y cristiana…”. Hoy nosotros pondríamos nombres muy concretos a este nuevo ateísmo que ya no es un peligro sino una realidad y que está arruinado nuestras sociedades.
4. ¿Y cuál es el verdadero remedio? La Virgen propone la consagración a su Corazón Inmaculado. La última parte de la histórica homilía de Juan Pablo II en Fátima el día 13 de mayo de 1982 nos ayudará a comprender el verdadero significado de esta importante petición de  María en Fátima.
  Para San Juan Pablo II, consagrar el mundo al Corazón Inmaculado de María, significa acercarse, mediante la intercesión de la Madre, a la misma “Fuente de la Vida”. ¿Cómo no darse cuenta de la similitud de esta expresión de Juan Pablo II con otra que hemos vivido hace muy poco? Me refiero obviamente al hilo conductor del Año Santo de la Misericordia y expresada así: “Corazón de Jesús, Fuente de Misericordia”. Para Juan Pablo II, esta Fuente brotó en el Gólgota y de manera ininterrumpida brota con la redención y con la gracia. En ella se realiza ininterrumpidamente la reparación por los pecados del mundo y de manera incesante es fuente de vida nueva y de santidad.
  Hace algunos años, en un opúsculo breve pero profundo, un buen mariólogo español, el P. Joaquín María Alonso, explicaba que la Consagración es un acto de la virtud de la religión perfectísimo, por el que se entrega a Dios, por medio de la Virgen, la persona humana con todo lo que es y tiene. Añadiríamos en perspectiva cristocéntrica que sólo existe una Consagración perfectísima y que es la que Cristo hizo de sí mismo al Padre por todos nosotros. A ésta consagración nosotros, por medio de María, estamos llamados a incorporarnos de la manera más perfecta posible. San Juan Pablo II lo explicitó claramente en una de las fórmulas de consagración que formuló acogiendo el pedido de Fátima. Dijo: “He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo Yo por ellos me consagro, para que ellos sean consagrados en la verdad…Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación”. Ésta es la fuente de toda consagración por parte nuestra. En la misma fórmula de consagración, San Juan Pablo II advertía que “el poder de esta consagración dura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo”. Cristo puede hacer, el único, esta consagración en representación de toda la humanidad, pues El es por derecho propio cabeza de la humanidad, Adán definitivo. Y unida indisolublemente a Cristo, María, nueva Eva, asociada a la Redención a título del todo singular.
5. En esta perspectiva, entendemos mejor la enseñanza de Juan Pablo II en la homilía de su primer viaje a Fátima. El Santo Pontífice insiste en que consagrar el mundo al Inmaculado Corazón de María significa retornar al pie de la Cruz del Hijo, quiere decir consagrar este mundo al Corazón traspasado del Salvador, situarlo de nuevo en la fuente misma de su Redención. Juan Pablo II recuerda una vez más que “la Redención es siempre mayor que el pecado del hombre y el pecado del mundo y que el poder de la Redención supera siempre y de manera infinita toda la gama del mal que hay en el hombre y en el mundo”. La Consagración al Corazón Inmaculado de María, instrumento del Espíritu Santo, podemos decir, nos conduce perfectamente a la acción salvífica de Cristo y por ella al Padre. 
  María, explica San Juan Pablo II, nos llama no sólo a la conversión necesaria para acoger la Redención, sino que nos llama a dejarnos ayudar por Ella, Madre, para retornar a la fuente de la Redención. Así, consagrarse a María significa dejarse ayudar por ella para ofrecernos nosotros mismos y la humanidad a Aquel que es Santo, infinitamente Santo. Y dejarse ayudar por Ella, recorriendo a su Corazón de Madre, abierto al pie de la cruz al amor hacia todo hombre y hacia todo el mundo, para ofrecer el mundo, el hombre, la humanidad y todas las naciones a Aquel  que es infinitamente Santo y cuya santidad se ha manifestado en la Redención realizada por el Sacrificio de la Cruz. Y Juan Pablo II vuelve al texto de Jn 17, 19 donde Cristo mismo nos da la clave de comprensión: “Por ellos yo me consagro a mí mismo”. De esta forma, concluye, Juan Pablo II, es imposible no ver que el contenido de la llamada de la Señora de Fátima no esté enraizado de la forma más profunda en el Evangelio y en toda la Tradición, y, por esto, la Iglesia se siente comprometida con este mensaje.
6. San Juan Pablo II recuerda que se presentaba a Fátima movido por una urgencia trepidante, se presentaba ante la Virgen releyendo con inquietud la llamada materna a la penitencia y a la conversión porque “ve cuántos hombres y cuántas sociedades, cuántos cristianos, han recorrido un camino en dirección opuesta a la indicada por el mensaje de Fátima”. Y constataba que “el pecado ha ganado un fuerte derecho de ciudanía en el mundo y que la negación de Dios se ha difundido ampliamente en las ideologías, en las representaciones del mundo y en los programas de los hombres”. Por esto recordaba que la llamada evangélica a la penitencia y a la conversión hecha por la Virgen es siempre actual, y en aquel momento, sesenta y cinco años después de 1917, era todavía más urgente. ¿No lo será todavía más ahora cuando se cumple los 100 años?
  Finalizamos con una consideración muy importante de San Juan Pablo II. Se refiere a la actualidad constante de Fátima, a lo que nosotros hemos llamado “profecía esencial”. El Papa, al final de esta histórica homilía que hemos glosado, nos decía que “la llamada de María no es puntual, sólo para una ocasión. Está siempre dirigida a las nuevas generaciones, según los siempre nuevos signos de los tiempos. Se debe por esto volver incesantemente a esta llamada y acogerla siempre de nuevo”. Y en esta perspectiva, hay que renovar una y otra vez la espiritualidad de la consagración y la práctica diligente de los pedidos de la Señora de Fátima. San Juan Pablo II prestó un inestimable servicio al mensaje de Fátima acudiendo al Santuario, difundiendo el mensaje en su totalidad, realizando la consagración pedida y promoviendo los medios para la constante vivencia del llamado de Fátima. Al final de su pontificado nos dejo, en esta perspectiva, tres perlas preciosas: la carta apostólica sobre el Rosario, la encíclica sobre la Eucaristía y  la carta en forma de motu propio, Misericordia Dei, sobre la Penitencia. Tres caminos imprescindibles para transitar el camino que Dios, en Fátima, y por medio de la Virgen, nos ha dado para acoger su Salvación.
*Benedicto XVI, el 13 de mayo de 2010, nos recordaba que “se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada”.
Dr. Juan Antonio Mateo García
Sociedad Mariológica Española


jueves, 20 de abril de 2017

- María Madre, con Jesús Resucitado

María, la pasión y la resurrección de su Hijo
El gozo inefable de la Madre y el encuentro con el Hijo resucitado
Realmente, no hace falta reflexionar mucho para darse cuenta que la alegría pascual es avasalladora; es la alegría de la vida que avasalla la muerte; es la alegría del triunfo sobre la derrota; es la alegría de la inmortalidad sobre la caducidad; es la alegría de lo eterno sobre el tiempo.
Toda esta alegría trascendente y metafísica, histórica y meta-histórica, celeste y terrestre, relacionada con el evento divino y cósmico de la resurrección de Cristo ¿quién la tuvo antes? ¿Y quién podría ser capaz de tenerla en toda su plenitud transfigurada?
Una sola persona en el mundo podría estar en esta situación: María Santísima.
Ella sola, de hecho toda identificada con Cristo, totalmente cristificada, enteramente co-crucificada con el Hijo crucificado, ha vivido en una riqueza de fe sin igual la realidad del estar “muerta-con, sepultada-con, resucitada-con”, con Cristo como enseña el Apóstol de las gentes (Col. 3, 1-2).
El evangelio, por sí mismo no nombra a María Santísima entre las mujeres pías que fueron al sepulcro de Jesús. ¿Por qué ella habría debido ir? Su fe en la resurrección de Jesús era diamantina. Ella no necesitaba ver el sepulcro vacío como los otros. Ella era solamente la única que creía. Solo ella habría visto primero a su Hijo resucitado.
Escribe de hecho el biblista P. Pietrafesa: “La primera aparición de Jesucristo fue a su madre, aunque el evangelio calle sobre esto”. Lo mismo dice el biblista C. De Ambrogio, explicando que “el silencio del evangelio es un silencio de pudor”. Y subsiste al antiquísimo evangelio de Gamaliel (evangelio apócrifo), la primera descripción de la aparición de Jesús resucitado a su madre. La tradición de los santos padres, además –fuente también primaria de la fe, con la sagrada escritura–, nos ha transmitido esta verdad histórica y teológica de la primera aparición del Resucitado únicamente a su santísima madre. No podría ser de otra manera.
Contra quienes niegan ayer y hoy esta verdad, el ardiente san Ignacio de Loyola, reflexionando y meditando como simple cristiano, además que santo, afirmó con decisión que “solamente dudar de esta aparición de Jesús resucitado a su madre, sería una privación de la inteligencia”. 
Es obvio que una no aparición del Resucitado a su madre santísima, resultaría no solamente inexplicable, sino también irreconciliable con la más sana y humana realidad de las relaciones filiales de unión del Hijo con la madre y de aquel Hijo con aquella madre.
Si Jesús era el Hombre-Dios, es natural que la delicadeza y la finura de su naturaleza humana exigieran una atención especial hacia su madre, especialmente después del terrible momento del Calvario, que fue dolor y martirio para su corazón materno. Baste reflexionar un poco sobre esto y se entiende en seguida que para Jesús resucitado, aparecerse a su divina madre fue su primer impulso ardiente, fue el inestimable movimiento de su corazón y de la voluntad hacia su dilecta e indivisible corredentora.
Sobre esto, aún más autorizada es la palabra de Juan Pablo II que enseño que “el carácter único y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con el Hijo en el sufrimiento, parece postular una particular participación en el misterio de la resurrección (…) completando de tal manera su participación a todos los momentos esenciales del misterio pascual”.
De otro lado, justamente el sensus fidelium del pueblo de Dios siempre ha advertido como lógico y natural esta necesidad de que Cristo se apareciera sobre todo a su santa madre, a quien fue por toda la vida, socia inseparable en la obra de la redención universal.
Esta convicción “gana terreno –escribe el biblista F. Uricchio- con el pasar de los siglos, en todos los niveles, en la iglesia latina y en la comunidad oriental”, y añade que “era necesario que el triunfo del Hijo fuera anticipado a ella, así cercana a Él en el dolor, en la lucha y en el triunfo”. ¿Y quién podría imaginarse cómo sucedió este encuentro y lo que sucedió? No es lícito imaginarse fantasías sobre las cosas inefables. La resurrección de Jesús es un hecho divino, humano, cósmico, y lleva consigo una inmensa alegría, esa también divina, humana, cósmica.
La Virgen fue abundantemente plena de aquel gozo en el abrazo amoroso al Hijo resucitado, y seguramente se puede decir con san Pablo que ni ojo humano vio, ni oído oyó nunca, ni la inteligencia humana entendió nunca (…) lo que sucedió entre madre e Hijo en aquel encuentro. Se sabe –es verdad–, que hay siempre una proporción entre la alegría y el sufrimiento, y aún es cierto que Dios dará siempre con magnanimidad, y quiere recompensar “al ciento por uno” (…) lo que se hace por Él. Pero es verdaderamente imposible, en este caso, recoger la medida de la gloria probada por María Santísima con la aparición del Resucitado, porque cada medida respecto a ella es casi sin medida, y para decirlo con santo Tomás de Aquino, roza o toca el infinito.
Ciertamente si se piensa en la inconmensurable medida de las pruebas durante toda la vida de María entre sufrimientos e incomprensiones, en el silencio y de manera escondida, hasta las pruebas crueles de la pasión y muerte de su Hijo, ¿quién podrá decir cuán grande y desmedida habrá sido su alegría al encontrar personalmente a su Hijo resucitado?
Si además se piensa en la medida sin medida del amor de Jesús hacia su divina madre y a su necesidad de recompensarla de los horribles sufrimientos por ella sentidos para corredimir el universo, se podrá quizás intuir la inmensidad de la alegría inefable de la beata madre en el primer encuentro con su Hijo resucitado.
Si san Bernardino ha dicho que los dolores sufridos por la corredentora fueron tan grandes y terribles, que si fuera dividido entre todos los hombres de la tierra todos habrían muerto de inmediato, más aún se puede decir que si fuese dividida entre los hombres la alegría inmensa y sobrehumana experimentadas por la Virgen con la aparición de Jesucristo, igualmente todos los hombres habrían muerto abrumados por la alegría.
Esta parecería una exageración, y tal lo sería si se prescinde del misterio de la encarnación de Dios y de la redención universal que unen el cielo y la tierra, a Dios y los ángeles, el hombre y el cosmos, el tiempo y la eternidad, recapitulados todos en Cristo resucitado, alfa y omega, siempre unido a su madre María.
La luz celestial de la resurrección que reanimó el cuerpo de Jesús encerrado en la tumba y que provocó el milagro de la imagen impresa en la Sábana Santa, tiene que haber invadido el alma de la Virgen elevándola a la más sublime contemplación de todo el plan salvador de Dios, proyectado hacia el escaton de la resurrección final.
Si queremos gustar de su alegría pascual, es sobretodo y solamente a Ella, a su divina madre, a quien debemos pedir de poder participar, tan solo de un único punto: de su inefable alegría, la más pura y sublime, la más alta y profunda, matriz de todas sus otras alegrías en la tierra y en el cielo.

P.Stefano Maria Manelli, FI*
*Mariólogo y fundador de los Franciscanos de la Inmaculada.


martes, 18 de abril de 2017

- Cien años de luz Fátima, un foco de paz desde 1917

En estos cien años que han pasado desde que la Virgen se apareció a tres niños, se podría afirmar que se han cumplido algunos de los mensajes que Ella quiso confiar a Lucia, Jacinta y Francisco. Prueba de ello son los millones de personas que han acudido a rezar a este recinto sagrado. Fátima se ha convertido en un conmovedor foco de oración al que acuden personas de los cinco continentes: desde Corea del Sur a Argentina, desde Ucrania a Filipinas, desde Suecia a Sudáfrica. Además, es una experiencia común entre los visitantes la paz que experimentan nada más entrar en el recinto y caminan por la explanada. Surgen de modo natural entonces las ganas de rezar ante la Virgen.
  Han transcurrido cien años desde que la Virgen se apareciese a tres niños en Fátima. En este tiempo (1917-2017) el mundo ha sufrido grandes convulsiones: la Revolución Rusa, dos guerras mundiales, guerra civil en España, la caída del comunismo, ataques a la vida... La Virgen del Rosario de Fátima, que se apareció seis veces en 1917, siempre rodeada de una gran luz, se mostró cuando gran parte de estos sucesos estaban germinando. Y en estos cien años, la luz de la Virgen de Fátima no ha dejado de alumbrar ni al mundo ni a la Iglesia.
  Otra prueba del cumplimiento de los mensajes marianos puede observarse en incontables conversiones personales, en los milagros físicos, así como en la Consagración del mundo al Corazón de María, la extensión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, etc.
  Fátima es un foco de oración que ha llenado de luz a tantas personas. En la historia de las apariciones, la luz es una constante en los relatos. Los videntes de Fátima coinciden en ver en todas las apariciones una luz que se acerca: primero es un Ángel, luego, la Virgen. La Señora se despide con el milagro de la danza del sol en octubre de 1917. Pensamos que este siglo que ha transcurrido, bien podría definirse como cien años de luz, una luz que guía al mundo en todo momento y pase lo que pase: dos guerras mundiales, una guerra fría, la caída del comunismo, la Iglesia perseguida, ataques a la familia, desprecio de los derechos humanos y la dignidad humana, pisoteada. Esa luz es la Virgen, que siempre –la historia de las apariciones anteriores a Fátima lo confirma– se manifiesta a personas humildes, de condición y de corazón.
  Los obispos portugueses han publicado a finales de 2016 una carta pastoral con motivo del centenario de las apariciones, «Fátima, señal de esperanza para nuestro tiempo». En ella destacan: «El mensaje de Fátima nos muestra una experiencia permanente y universal: el enfrentamiento entre el bien y el mal continúa en el corazón de cada persona, en las relaciones sociales, en el ámbito de la política y la economía, dentro de cada país, y a nivel internacional. Cada uno de nosotros tiene el reto de responder a la llamada de Dios para combatir el mal del hombre interior, para entender el significado de la conversión y del sacrificio por los demás, como lo hicieron los tres pastorcitos, en su pureza e inocencia»
*"Cien años de luz Fátima, un foco de paz desde 1917", Darío Chimeno y José María Navalpotro, 2017 © Ediciones Palabra, S.A., 2017

domingo, 2 de abril de 2017

- Fátima es un mensaje, el secreto ya revelado

El secreto de Fátima
Más que un lugar, Fátima es un mensaje. El mensaje revelado por Nuestra Señora en Fátima consta de tres partes llamadas secretos, que forman un todo orgánico y coherente.
La segunda parte tiene que ver con una alternativa histórica de proporciones épicas: la paz, fruto de la conversión del mundo y el cumplimiento de las peticiones de Nuestra Señora, o un terrible castigo que aguarda a la humanidad si se obstina en su pecaminoso camino. El instrumento de dicho castigo sería Rusia.
El mensaje de Fátima es más que un mensaje anticomunista: es también un mensaje antiliberal y antiluterano, ya que los errores de Rusia son descendientes de los errores de la Revolución Francesa y el protestantismo.
La tercera parte, divulgada por la Santa Sede en junio de 2000, se explaya sobre la tragedia que reina en la Iglesia y presenta la visión de un papa y unos obispos, religiosos y laicos asesinados por sus perseguidores. Las controversias suscitadas en los últimos años con relación al Tercer Secreto corren el riesgo de oscurecer la fuerza profética de la parte central del mensaje, que se resume en dos frases decisivas: «Rusia propagará sus errores por el mundo» y «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará».
En Fátima, Nuestra Señora no solicitó actos públicos de la jerarquía de la Iglesia. Esas acciones, que son necesarias, deben ir acompañadas de una sentida actitud de conversión interior y penitencia, como nos recuerda el Tercer Secreto, en el triple llamamiento del Ángel para que se haga penitencia.

Penitencia significa ante todo arrepentimiento, un espíritu contrito que nos haga conscientes de la gravedad de los pecados cometidos por nosotros y por otros, y que nos mueva a detestar de todo corazón esas iniquidades. Penitencia significa un repaso doctrinal y moral de todos los errores que abraza la sociedad occidental desde hace un siglo. Penitencia significa arrepentimiento; penitencia significa aversión y odio al pecado: el odio al pecado nos debe impulsar a combatirlo y, cuando el pecado es publico, a actuar públicamente para destruir las raíces y consecuencias del mal en la sociedad. Por eso, el llamado a la penitencia del mensaje de Fátima es también una llamada a combatir los errores que corrompen totalmente la sociedad actual.

- Fatima y el mundo en 1917

 Así como en el caso de los mensajes relativos al Sagrado Corazón recibidos por Santa Margarita María Alacoque, tienen por objeto el bien de la Iglesia y de toda la sociedad, así también el Inmaculado Corazón de María, en el caso de las de Fátima. son revelaciones para toda la humanidad. Poseen las características de una gran orientación espiritual en la que el Señor se ofrece a dirigir la conducta de los hombres en unos momentos claves de la historia.
  Un elemento importante se deriva de que algunas revelaciones, como la de Fátima, no están destinadas al bien exclusivo de unas personas particulares sino a toda la sociedad, dadas en un periodo determinado de la historia, nos ayudan a interpretar los tiempos históricos en que vivimos, pero a su vez el tiempo en que vivimos nos ayuda a entender más a fondo la importancia de las revelaciones. Hay una reciprocidad. Si es cierto que las palabras de Dios arrojan luz sobre las épocas oscuras de la historia, también es verdad lo inverso: el rumbo de los acontecimientos nos ayuda a entender el sentido, a veces oscuro, de las profecías y revelaciones. En el centenario de las apariciones de Fátima se hace necesario leer las palabras de Nuestra Señora a la luz de lo sucedido a lo largo del siglo pasado, que fue un siglo de devastación, para que la luz de ese mensaje ilumine sin falta y con más claridad los tiempos que actualmente vivimos.
Algunos principios que cabe recordar
Lo primero que hay que destacar es que hablamos de hechos históricos. Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, son un hecho histórico objetivo, no una experiencia religiosa subjetiva en la que Nuestra Señora se aparece a los tres pastorcitos.
  A los historiadores imbuidos de racionalismo, entre los que se cuentan numerosos católicos, les gustaría despojar esa historia de todo carácter sobrenatural –milagros, revelaciones y mensajes del cielo–, relegándolos al ámbito privado de la fe. Ahora bien, esos milagros, apariciones y mensajes, si son auténticos son parte de la historia, del mismo modo que lo son la guerra, la paz y todo lo que consta en los anales de la historia.
  Las apariciones de Fátima fueron sucesos que tuvieron lugar en un sitio concreto y en un momento determinado de la historia. Sucesos verificados por millares de testigos y por una investigación canónica que concluyó en 1930. Seis pontífices del siglo XX reconocieron públicamente las apariciones de Fátima, aunque ninguno de ellos cumpliera plenamente lo que había pedido Nuestra Señora. Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI visitaron el santuario siendo papas, mientras que Juan XXIII y Juan Pablo I lo hicieron siendo respectivamente los cardenales Roncalli y Luciani. Pío XII, por su parte, envió a su delegado el cardenal Aloisi Masella. Todos ellos honraron Fátima.
  Ahora bien, el mensaje de Fátima supone un hecho histórico por otro motivo. No es una revelación privada exclusivamente para el bien espiritual de quienes la recibieron –los tres pastorcitos– sino para toda la humanidad.
La Revolución Rusa de 1917
El trasfondo histórico en que tuvieron lugar las apariciones de Fátima fue un terrible conflicto conocido históricamente como la Gran Guerra: la primera contienda mundial, que entre 1914 y 1918 se cobró más de nueve millones de víctimas nada más en Europa. Un holocausto de sangre al que en aquel mismo año de 1917 calificó el papa Benedicto XV de matanza inútil. La masacre sólo fue de utilidad para la Revolución anticristiana que vio en la guerra una oportunidad de republicanizar Europa y llevar a término los objetivos de la Revolución Francesa.
La Revolución rusa iniciada por Lenin se llevó a cabo en dos fases: la primera fue la llamada Revolución de Febrero, que condujo a la abdicación del Zar y la instauración de una república liberal democrática dirigida por Alexander Kerensky (1881-1970).
La segunda etapa fue la Revolución de Octubre, que desencadenó la caída de Kerensky y la instauración del régimen comunista de Lenin y Trotsky. Entonces se desató una época de matanzas sin precedentes históricos.
La Revolución Rusa, como la Francesa, fue obra de una minoría, y se realizó con una celeridad sorprendente, sin que nadie se diera apenas cuenta de lo que sucedía.
La Revolución Rusa no fue sólo un acontecimiento histórico, sino filosófico. En sus tesis sobre Feuerbach (1845), Marx sostiene que “la misión del filósofo no consiste en interpretar el mundo, sino en transformarlo”. El revolucionario tiene que demostrar mediante la praxis la fuerza y la eficacia de su pensamiento. Al hacerse con el poder, Lenin realizó un acto filosófico, porque no se limitó a teorizar, sino que llevó a efecto la Revolución. En cierto modo, gracias a Lenin el socialismo de Marx y Engels se encarnó en la historia. La Revolución Rusa se muestra entonces como una parodia diabólica del misterio de la Encarnación. Al encarnarse, Jesús quiso abrir a los hombres las puertas del Cielo; la revolución marxista, en cambio, cerró las puertas del Cielo con miras a convertir la Tierra en un paraíso imposible. Fue una erupción de lo demoniaco en la historia.
  Sin embargo, el Cielo respondió con una erupción de lo sagrado en la Tierra. Al otro extremo de Europa, durante esos mismos meses, estaba sucediendo otra cosa: El 13 de mayo de 1917, en Cova de Iría –lugar aislado entre pedregales y olivares, cerca de la aldea portuguesa de Fátima, Portugal «una Señora vestida de blanco, más radiante que el sol, derramando rayos de luz, más claros y nítidos que un vaso de vidrio lleno del agua más resplandeciente penetrado por los rayos del sol» se apareció a tres niños que guardaban ovejas: Francisco, Jacinta Marto y su primita Lucía dos Santos. Aquella Señora manifestó ser la Madre de Dios, que venía a confiarles un mensaje para la humanidad, como había hecho en París, en la calle Du Bac en 1838 y en Lourdes en 1858. Nuestra Señor los citó sucesivamente los días 13 de los meses siguientes hasta octubre. La última aparición terminó con un gran milagro atmosférico, una señal prodigiosa del Cielo: La Danza del sol, presenciada por millares de personas que pudieron describirla con lujo de detalles, y que fue visible en un radio de 40 kilómetros a la redonda.
  A partir de ese momento, la historia de Fátima y de Rusia están entrelazadas. La historia del siglo XX, hasta nuestros días, ha conocido el combate entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas.
  «Rusia propagará sus errores por el mundo» dijo la Virgen en Fátima. La palabra errores es precisa: el error consiste en la negación de la verdad. Luego la verdad existe y es una sola: la que mantiene y difunde la Iglesia Católica. Los errores rusos son los de una ideología que se opone al orden natural y cristiano porque niega a Dios, la religión, la familia y la propiedad privada. Este complejo de errores tiene un nombre: comunismo, el cual tiene en Rusia su centro de difusión universal.
  Con demasiada frecuencia se identificado al comunismo con un régimen meramente político, olvidando su dimensión ideológica, cuando es precisamente su dimensión doctrinal la que pone de relieve Nuestra Señora.
  Durante el siglo XX, la oposición al comunismo se ha limitado a identificar únicamente el comunismo de los tanques soviéticos y del Gulag, que sin duda son una expresión del comunismo, pero no constituyen su núcleo. Pío XI destacó la naturaleza ideológicamente perversa del comunismo.
  Lo cierto es que en el siglo XX no hubo crímenes comparables con los del comunismo tanto por el tiempo que duraron, como por los territorios abarcados, como por el grado de odio generado. Pero esos crímenes son consecuencia de errores. Cuando se desplomó la Unión Soviética, puede decirse que esos errores salieron del envoltorio que los contenía y se propagaron como un miasma ideológico por todo Occidente en forma de relativismo cultural y moral.
  El relativismo que actualmente se profesa y vive en Occidente tiene sus raíces en las teorías del materialismo y del evolucionismo marxista; dicho de otro modo: en la negación de toda realidad espiritual y todo elemento fijo y permanente en el hombre y la sociedad.
  Antonio Gramsci es el teórico responsable de esta revolución cultural que transforma la dictadura del proletariado en dictadura del relativismo. Para Gramsci, la labor del comunismo consiste en conducir a un secularismo integral que la Ilustración había reservado a una élite reducida. A nivel social, ese secularismo ateo es accionado, según el comunista italiano, por medio de «una total secularización de la vida y las costumbres». Es decir, mediante una secularización total de la vida social que haga posible que la praxis comunista extirpe totalmente las raíces sociales de la religión. La nueva Europa sin raíces que ha eliminado toda referencia a la Cristiandad en su tratado fundacional ha realizado completamente el plan gramsciano de secularización de la sociedad.