María, Madre de la Iglesia

MARIA MADRE DE JESUS y MADRE DE LA IGLESIA:
  (del Libro: "María, Madre de la Iglesia", de Manuel Jimenez Fernandez, EDUFAM, 2005)
La Virgen María vivió permanentemente al servicio de la Palabra eterna que en ella se hizo hombre y después, a lo largo de la vida de Jesús , ella bebía de esa fuente inagotable de sabiduría y “guardaba todas las palabras de Jesús en su corazón”.
  María era lectora incansable de la Torá judía y de los Profetas que oraba con los salmos y con las grandes y maravillosas oraciones de Israel. Temprano, ella abría su jornada recitando el Shemá Israel: “Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma”. Cuando ella pronunciaba estas palabras un sentimiento de alegría surgía de su interior, pues ella sabía que así era. Ella amaba a Dios con todo su corazón y con todas las fuerzas de su vida.
  María es la figura clave de la Redención y sobre todo de la humanización de Jesús, ya que es a través de ella que se encarna y nace. Así, María es clave para nuestra relación con la Trinidad: el Padre la escoge como Inmaculada y Purísima madre de su Hijo; el Espiritu Santo le da el halo de vida, y la fortaleza para resistir todo lo que está por venir, y con Jesús, pues son madre e hijo.
  María debía vivir desde muy joven en íntima comunicación con Dios. Las fervorosas oraciones que se hacían en su casa eran vividas por ella con extraordinaria emoción.
  La Virgen María seguía a su hijo y dialogaba sobre Él con los demás. Lo que Jesús dijo a la samaritana, se lo debe de haber comentado a su madre en la intimidad de su hogar.      María conocía el carisma profético de Jesús. Precisamente por eso la palabra de Jesús inquietaba a los poderosos, y como a los demás profetas, a Jesús le tocará ser perseguido.   María anticipa toda esa dura batalla de Jesús y lo acompaña desde lo más profundo de su corazón.
  María y Jesús vivieron una relación tierna, dulce, normal, la relación que tendría cualquier madre y su hijo. María se esmeró en su educación y formación y estuvo siempre muy cerca de Él, acompañándolo, reforzándolo, alentándolo. María asume, desde la Anunciación, su maternidad con toda fe, todo amor y toda entrega. Es además, escogida como madre de todos los hombres, y consiguientemente, Madre de la Iglesia.
  Si María no hubiese estado constante y progresivamente atenta a sacar las consecuencias de las enseñanzas de Jesús, no hubiese sido fiel a su misión de madre de Jesús. María, es además, la gran intercesora ante Jesús, a quien Él ama y respeta de manera extraordinaria.
  Los Evangelios nos hablan de Jesús y de sus enseñanzas de una manera muy parca e incompleta. María sabía mucho más de lo que nosotros podemos saber por los textos sagrados. María vive completamente su fidelidad a la Torá judía y su apertura a la novedad que trae su hijo.
  María es la más noble, la más inteligente y la más aprovechada discípula de Jesús. En aquella larga intimidad de treinta años de convivencia a solas con Jesús, cuánto habrá ella aprendido. Apenas si podemos imaginarlo.
  María lo apreciaba como el verdadero Maestro que tenía palabras de vida. Ella, nos dice Lucas, “guardaba todas las palabras de Jesús en su corazón” y además las meditaba y trataba de comprender y de sacar todos los tesoros que ellas encerraban.
  El Papa Juan Pablo II nos dice que “María con atención a las palabras de Jesús se hace la primera discípula de su Hijo” y también dice: “Ella ha sido la primera de sus discípulos, antes del tiempo, porque encontrándolo en el Templo ella recibió de su hijo aún adolescente, lecciones que conservaba en su corazón… Nadie fue enseñado por Dios a un grado semejante de profundidad”.


He aquí la esclava del Señor
María debía conocer por sus lecturas bíblicas y por todo el ambiente religioso en que vivía, que Dios se servía de sus ángeles como de mensajeros. El diálogo sorprendente con un ángel se narra como si fuese algún acontecimiento ordinario.
  Era una cosa enorme el que ella, la humilde hija de Nazaret, recibiese la visita de un ángel. María escucha en su interior la Palabra maravillosa. Está absorta y siente en su corazón la suavidad del Espíritu. Abre todo su corazón y, desde su permanente intimidad con Dios, todo ella se conmueve. Ella es el receptáculo de la Hesed (ternura, amor misericordioso de Dios). Ahora ese amor, esa ternura, se ofrecen en plenitud a esta tierna doncella y por medio de ella al mundo entero. ¡Salve María, la muy amada de Dios!.
  ¿Cómo entendería la Virgen las palabras del ángel? No podía ser para ella una novedad absoluta. Desde siempre ella había sentido en su vida una extraordinaria presencia de Dios. Algo divino que desde su infancia la atraía sin poder decir ella cómo.
  En la Biblia, a muchas personas se les ofrece la gracia de Dios, el favor divino, pero sólo a María se le dice que la recibe en plenitud. Los ecos de este celestial saludo del Arcángel que le viene a María desde las profundidades de Dios, lo acoge maría con humildad: “He aquí la esclava del Señor, que se haga en mí Su voluntad”.
  El saludo del ángel a María tal como lo tenemos hoy en el texto griego es una invitación al gozo y a la alegría: “Alégrate, la llena de gracia”, pero dado que la Virgen sólo hablaba en hebreo, es más probable que el ángel se presentara con el clásico saludo de Israel: “Shalom”, y lo haya completado con Shamea (¡alégrate!). Como quien dice:”Aquí estoy para causarte alegría, dispuesto a ayudarte”…
  Las palabras que siguen: “No temas María, vas a concebir un hijo” encierran una promesa y un anuncio luminoso pero el cómo se le presenta a ella le dejan una pregunta: “Cómo será esto…” ya que María había hecho voto de virginidad y había entregado toda su vida en oblación a Dios, y ahora debe abrirse para aceptar en ella el proyecto de Dios. El ángel le anuncia: “Has encontrado gracia delante de Dios” y de nuevo se repite y se le confirma el don del amor y de la predilección con la que Dios la ama.
  En realidad María no está dialogando con el Ángel, mucho más allá, está dialogando con Dios. María asume con todo su corazón la actitud de una esclava atenta en todo a su amo. El amor de Dios a María es perfecto porque en ella no encuentra ningún obstáculo de pecado. Sólo ella es limpia y pura, sin mancha alguna.
  Ella estaba pensada aparte desde toda la eternidad. Ahora el divino y eterno proyecto está a punto de realizarse. Dios ha acogido la ofrenda que María hizo de sí. El Espíritu de Dios que había bajado sobre la tienda del tabernáculo y la había llenado con su Gloria, ahora esa Gloria es la que llena a María con una vida divina, con el Hijo que en germen comienza a crecer dentro de ella.
  María como buena y piadosa judía vivía empapada de las Sagradas Escrituras y de las promesas de los Profetas. Todas las antiguas promesas, muy conocidas por ella, le venían ahora a la mente y se alegraba de que por fin iban a cumplirse. María pasa de la oscuridad de las promesas a la plena luz de las realizaciones. De pronto, el futuro se ilumina, el porvenir del mundo se le aparece ahora comprometido con su propia vida.

  La respuesta de María no es la de una resignada obediencia, sino la de una alegre cooperadora. Además muchos de los primeros Padres de la Iglesia han encontrado en este: “Hágase en mi, según tu palabra”, un “Si” jubiloso de María, el eco de aquel solemne “Hágase la luz” al comienzo de la creación. Es la fuerza creadora de Dios que seguirá actuando y sustentando todo lo creado con su Presencia poderosa.


La Visitación
“En aquellos días María se puso en viaje hacia las montañas de Judea, iba apresuradamente”. El Ángel Gabriel había obtenido el consenso de María y la había informado del próximo nacimiento de Juan Bautista, el hijo de Zacarias e Isabel. San Ambrosio comenta así: “¿Dónde podría ir si no es a lo alto aquella que estaba tan llena de Dios?”. María movida por su espíritu servicial emprende, con José, el viaje hacia Ain Karim, en las montañas de Judea, cerca de Jerusalén; un precioso lugar lleno de jardines y de flores.
Está lleno de poesía este viaje de José y de María, ella que siente las primeras palpitaciones del Hijo de Dios, y que es llevada por la amistad y por el amor. Ella quiere compartir con su prima Isabel su propio secreto. No sabe que el Espíritu se lo va a revelar antes de que ella pueda hacerlo.
La liturgia griega acompaña la conmemoración de este viaje con un poema del Cantar de los Cantares:
“Ya se oye una voz. Es la voz de mi amado! 
Ahí viene, saltando por las montañas, brincando por las colinas. 
  Mi amado es como una gacela, como un ciervo joven. 
  Habla mi amado, y me dice: "¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía! 
 Porque ya pasó el invierno, cesaron y se fueron las lluvias. 
  Aparecieron las flores sobre la tierra, llegó el tiempo de las canciones, 
y se oye en nuestra tierra el arrullo de la tórtola. 
 La higuera dio sus primeros frutos y las viñas en flor exhalan su perfume. 
¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía! 
  Paloma mía, que anidas en las grietas de las rocas, en lugares escarpados, 
muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz; porque tu voz es suave 
y es hermoso tu semblante". (
Cantar 2, 8-14)
Esta poesía llena de perfumes, de flores, de cantos de amor, de sentimientos de ternura, traduce bien los sentimientos que debían embargar el alma de María a medida que se acercaba a casa de Isabel. Poesía celestial que envuelve el encuentro de la niña María con la anciana prima Isabel, espejo del alma de Israel.
Dice el texto: “Isabel quedó llena del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: ¡Bendita tú eres, María!. ¡Y Bendito el fruto de tu vientre! ¿A qué debo esta gracia tan grande de que la Madre de mi Señor venga a visitarme?.. Mira, apenas la voz de tu saludo llegó a mis oídos, el niño que llevo en mi seno saltó de alegría. ¡Feliz eres tú, María, porque has creído lo que te fue anunciado de parte del Señor!”. Juan Bautista fue santificado desde ese momento por la proximidad del Hijo que María llevaba en su vientre. Desde ese momento ambas madres sabían que los destinos de sus hijos iban a estar fuertemente vinculados. Isabel abre su alma a las maravillas de Dios y levanta agradecida su corazón a Dios.
Y María, ante esta manifestación del Espíritu que su prima Isabel le manifiesta, alaba al Señor con estas hermosas palabras:
   “!Mi alma proclama la grandeza del Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador!
Porque ha puesto los ojos en la humildad de su sierva
he aquí que de ahora en adelante bienaventurada
me proclamaran todas las generaciones
porque grandes cosas ha hecho en mí el Todopoderoso
y su nombre es el Santo…”
Se trata de un canto de alabanza y de adoración. María celebra ante todo la potencia misericordiosa del Padre celestial y su canto recoge, anticipadamente, todas las gratitudes de los hombres. El espíritu de María está lleno de la experiencia de la santidad divina. Dios se ha fijado en su pureza y en su humildad y por eso es ella como un pararrayo que nos protege.
En seguida Ella canta las maravillas que Dios ha hecho y seguirá siempre haciendo a todas las generaciones:
 “Su misericordia se extiende de generación en generación sobre todos los que le temen”.
El “temor de Dios” es el asombro constante ante el hecho de que el Poderoso se fije y atienda nuestra pequeñez. El mundo está lleno de sufrimiento, dolor, injusticias: los pobres hambrientos levantan sus manos y sus ojos pidiendo ayuda. Los ricos desdeñan, desde su altura, la miseria humana. La desamparada voz de los débiles a menudo llora y gime, languidece esperando auxilio… María anuncia, como una segura aurora, que Dios viene para cambiar estos caminos:
“ El Señor despliega el poder de su brazo, dispersa a los soberbios,
derrumba a los poderosos de sus tronos, ensalza a los humildes,
sacia a los hambrientos y a los ricos los despide sin cosa alguna…”
Y María dirige sus ojos a su pueblo de Israel y ve colmados sus deseos y sus esperanzas, añadiendo a su bendición:
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia”.
María repasa toda esa larga historia de dos mil años de espera, desde aquel lejano momento en que Dios manifestó a Abraham su voluntad y le hizo una promesa. María comprende que finalmente en ella por ella se está realizando esa promesa, que su hijo es aquel Hijo de la promesa hacha a Abraham.
A la mirada contemplativa de María se ofrece todo lo que su Hijo Jesús va a significar para el mundo y eso es lo que la mueve a levantar su voz agradecida con este canto de acción de gracias. Canto que será la alabanza de la Iglesia y de todos los hombres del mundo. iluminados gracias a la fe.
Cuando María entona su cántico anticipa la acción de gracias de toda la humanidad. Este cántico no es sólo el canto fervoroso de una creyente israelita, es también la síntesis de todos los salmos y de todas las aspiraciones del Antiguo Testamento. Es el canto definitivo del Israel mesiánico.
María llena de humildad, ha reconocido que ella no ha hecho nada. Todo es obra del brazo de Dios, artífice de todo el plan y actor de su ejecución. Este cántico de María habla de Dios y nos habla a nosotros de todo lo que Él hace y de lo que hará hasta el fin de los siglos. El motivo de este gozo profundo es la constatación de lo que en ella es ya una realidad y de que eso mismo es el supremo don de Dios al mundo, su Hijo que viene a salvarnos del mal y de la muerte.

En verdad, todo lo que en el pasado era esperanza y deseo, alcanza en María su plena realización


El Nacimiento de Jesús

a-María, la Virgen prometida con José
Dios quiso asociar estrechamente a María la persona de José, como su apoyo y su complemento en la misión de educar a Jesús. ¿Quién mejor que José podría haber acompañado el gozo, la alegría y las preocupaciones de María? El afecto que les une a ambos es manifestación y fruto del amor. El amor verdadero nace del bien, de lo bello y de lo santo. Cuando llega a su perfección participa del amor con el cual el mismo Dios ama a sus criaturas.
El vínculo nupcial, ya desde el Antiguo Testamento es por excelencia el lazo del amor; los dos conyugues forman un solo ser, un solo corazón y una sola alma. José es el hombre afortunado a quien Dios preparó para que fuese digno de disfrutar y de vivir creciendo con el amor de María. El hecho de que ambos viviesen en un éxtasis de amor a Jesús enriqueció aún más el vínculo matrimonial. Por eso cuando pensamos en el amor intenso que mediaba entre María y José no podemos menos de imaginar cuánto la felicidad misma de Dios transformaba esta relación. Eso fue una experiencia única e irrepetible.

b- Viaje a Belén
Los pregoneros del César, enviados por Quirino, gobernador de Siria, recorren toda la tierra de Israel convocando a todos a dirigirse a su propio lugar de origen para empadronarse en un nuevo censo del Imperio. José y María se ponen en camino hacia Belén en las montañas de Judea, cerca de Jerusalén.
María piensa en Belén, en todo lo que ese lugar albergaba de promesas, ya que allí nació el Rey David y los Profetas habían indicado que de allí nacería el Príncipe de la Paz, el Rey de Israel.
Ni el largo viaje desde Nazaret ni la falta de hospedaje al llegar a Belén debieron ser algo fácil para la joven y humilde pareja, pobres y sin amistades en la ciudad de David. Las casas en aquella región suelen tener en la parte de atrás unas grutas que sirven tanto para almacenar vino y otros alimentos, así como espacio para animales, como cabras y chivos. Según la tradición, en una de esas cuevas se pudieron acomodar María y José y en esa humildad nació Jesús. Una alusión a este nacimiento se lee en el libro de la Sabiduría:”En medio del silencio de la noche la Divina Sabiduría vino a morar a la tierra”.
Desde tiempo inmemorial, en esta época del año es cuando los pobres beduinos del desierto de Arabia se arriman hacia estos lugares más poblados, llevando sus rebaños a engordar con los abundantes pastos que ofrece la estación, y, también a vender las pocas artesanías que fabrican durante el año.
Algunos de estos nómadas deben haber sido los pastores a los que se refiere San Lucas cuando escribe que ellos vieron aclararse el cielo con un vivo resplandor y se les aparece un ángel que les dice: “No teman, les anuncio para una gran alegría ustedes y para todo el pueblo. Hoy en la ciudad de David les ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”. Este humilde nacimiento es la alta revelación del misterio de Dios ofrecida a todos los hombres, hasta los más sencillos y simples.
La plenitud de los tiempos (así lo escribe San Pablo en la Carta a los Gálatas: ”Llegada la plenitud de los tiempos. Dios nos envió su hijo, nacido de mujer.”).esta plenitud llega finalmente a nosotros por medio de María. “Plenitud de los tiempos”, es decir, cuando finalmente todo está listo para que se cumplan las profecías acumuladas durante dos mil años. El Papa Juan Pablo II escribió sobre la plenitud de los tiempos: “Con este nacimiento se define el alto significado de esta plenitud: Dios mismo ha entrado en la historia del hombre. Dios que es en sí mismo el misterio de la vida. Aquí San Pablo resume toda la teología de la encarnación del Verbo”:

Este nacimiento, esta maternidad son más luminosos que el resplandor de los ángeles en esa noche oscura. Aquella gruta ahumada brillaba hermosa más que la más bella de las catedrales. La cándida luz de María ilumina todos los belenes de la tierra.

Jesús presentado en el Templo de Jerusalén
A los ocho días de su nacimiento Jesús fue circuncidado, con este rito ingresan todos los varones a la Alianza que el Pueblo escogido tiene con Dios y además, esa primera sangre derramada era ya un anuncio de su muerte en la cruz. María ofrecía ya esas primeras gotas de la sangre de su Hijo por la salvación del mundo. Desde ahí se inicia toda la misión que culminará en una cruz y en un sepulcro vacio.
Cuarenta días después de su nacimiento el niño debía ser presentado al templo según la Ley de Moisés, que ordena que todo niño primogénito sea consagrado al Señor, y que después sea rescatado entregando por él un cordero o un par de palomas.
Esta ofrenda del primogénito era también la presentación de la madre que debía purificarse. La mujer que llegaba al templo para estas ceremonias debía ser recibida por un sacerdote. María presenta al niño a Dios. En este caso el verbo “presentar” significa “ofrecer”, “entregar”, “consagrar”, en sentido litúrgico.
El hecho de consagrar incluye la entrega total, el despojamiento, por eso la ofrenda era al mismo tiempo renuncia.
María sabe que su hijo es un regalo de Dios. Ella ofrece y consagra a su hijo y sabe que esta ofrenda ya había sido anunciada en la Biblia. Dice un salmo. “las ofrendas ya no te fueron agradables Señor, por eso yo dije: Heme aquí Dios mío para hacer tu voluntad”.
María lo sabe y por eso entiende que en este caso no vale el rescate; la ofrenda era efectiva y real: Jesús se ofrece como Primogénito de toda la humanidad.
Para las demás mujeres ese rito era una pura ceremonia, para María no. Ella actúa como sacerdotisa santa y lo ofrece como algo suyo, la sangre de Jesús es su sangre. Este hijo es su hijo y le pertenece, pero pertenece al mismo Dios de manera especialísima. Antes, la Gloria divina había acompañado al pueblo por el desierto en forma de una nube luminosa, ahora esa misma Gloria viene al templo y se hace presente en un ser humano, en Jesús, para que podamos contemplarla y tocarla con nuestras propias manos.
  Un anciano es iluminado para reconocer en esa criatura al Esperado de Israel, y Simeón dirá: “mis ojos han contemplado al que has preparado para todos los pueblos. Luz para iluminar a los paganos y gloria para tu pueblo de Israel”.
Después el anciano se vuelve hacia María y le anuncia que a causa de este niño ella tendrá mucho que sufrir...”una espada de dolor atravesará tu alma”. Así sabemos que la Virgen María participará en su propia vida del destino doloroso de su Hijo. María va a vivir plenamente lo que escribió Pablo en la carta a los Romanos: “Nadie vive para sí, nadie muere para sí, vivimos y morimos los unos por los otros a semejanza de Aquel (Jesús)
que ha muerto por todos”.

La Visita de los Magos
Este relato de la visita de unos personajes venidos de Oriente está en el evangelio de San Mateo. Para el evangelista Mateo, que hace de Jesús un nuevo Moisés, era muy importante que el niño recién nacido se fuese a Egipto para que desde allá saliese rumbo a la tierra prometida. El mensaje explícito es que Jesús viene para ser rey sobre todos los pueblos.
 Es María la que recibe a los Magos. Es ella la que les abre su corazón y les participa el mensaje de los ángeles. María podía comentarles cómo Dios le había prometido hacía muchos siglos a Abraham: “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra”, y como ahora se estaba cumpliendo esa profecía.
 El Evangelio habla de una estrella milagrosa que conduce a los Magos desde sus lejanas regiones hasta Jerusalén y hasta el pesebre de Belén.. María es la estrella que nos conduce a Jesús.
 Mateo presenta a Jesús como Rey. El trono donde los Magos adoran a su Rey es María. Jesús siempre habló del Reino que con Él se iniciaba como un don para el mundo. Jesús es rey siempre, pero sobre todo después de su resurrección.
     El relato continua con la huida a Egipto

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